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4 febrero 2012 6 04 /02 /febrero /2012 16:38

Caminaba agazapado y refugiándose de la fina lluvia que caía en aquella fría noche de Enero. Las noches de invierno en Chicago solían ser frías, oscuras e impredecibles. Esta no era una excepción. La luna se difuminaba en el cielo y las únicas estrellas que se podían ver eran las de los carteles de los clubes de jazz que proliferaban en la ciudad. Casi no había ni un alma por la avenida norte de Broadway. Mejor, pensó Randall ( todo el mundo le llamaba Randy ). A pesar de apedillarse White, curiosamente su tez era tostada, curtida por el sol a través de sus innumerables viajes por, practicamente, todos los estados del país.

Randy había nacido a finales del siglo XIX en Dallas, Texas. Miembro de familia numerosa ( él era el séptimo de nueve hermanos ), pasó sus primeros años recibiendo los "cuidados" de su madre y de sus, variopintos, novios ( de su padre biológico nunca tuvo noticias ). Al cumplir los cinco años, su madre, al no poder mantener a toda la familia, le abandonó ( junto a sus dos hermanos más pequeños ) en la puerta del orfanato presbiteriano de la ciudad. Allí pasó cuatro años. Lo único que aprendió en todo ese tiempo, además de una estricta educación cristiana, fue a fantasear que escapaba de aquellos fríos y grises muros. Quería salir de allí y viajar por todo el mundo. Deseaba conocer las tierras que había visto en los, pocos y gastados, libros de la pequeña biblioteca del hospicio. Sus hermanos pequeños murieron al poco tiempo de entrar allí. La tosferina hacía estragos en aquella época y los dos se unieron a una larga lista de cadaveres. Se encontraba, completamente, sólo en el mundo ya que nunca hizo buenas migas con ningún niño del centro. Era reservado, poco hablador y tenía fama de conflictivo. Se metió en muchas peleas y se ganó duros correctivos por parte de las monjas del orfanato. Intentó escaparse, sin éxito, en dos ocasiones y a la tercera fue la vencida. Logró escabullirse una calurosa noche de verano y desde entonces, no había parado de andar y viajar.

Se consideraba a sí mismo un trotamundos y le encantaba vagabundear de aquí para allá. Estuvo sobreviviendo como, buenamente, pudo durante todos estos años. Había vivido ( más bien malvivido ) en Oklahoma, Wichita, Saint Louis, Memphis, Indianapolis, Iowa...... En todos estos sitios había trabajado poco y robado, bebido y peleado mucho. Las consecuencias de esta vida eran visibles en una gran cicatriz en su cara ( que le llegaba desde el ojo derecho hasta el mentón ) y en la falta del dedo índice de la mano izquierda, perdido en una vieja escaramuza. Un par de veces había dado con sus huesos en la cárcel por pequeños robos en granjas comarcales. La segunda vez que estuvo preso, volvió a revivir sus años en el orfanato y consiguió fugarse junto a otros dos reclusos de la cárcel del condado de Cerro Gordo en Iowa.

Siguió dando tumbos y tundas ( aderezadas con ron, bourbon y cerveza ), hasta que se instaló en Chicago. Allí contactó con un viejo compañero de celda y de juergas y se dedicó a transportar bebidas alcohólicas ( prohibidas por la Ley Seca promulgada en 1920 ), a atracar tiendas, a apostar en largas y sudorosas noches de boxeo, a visitar locales en el barrio chino ( donde conoció los encantos y los placeres del consumo de opio ) y a visitar también los, sucios y coloridos, prostíbulos.

Aquella lluviosa noche de Enero, necesitaba reunir un buen puñado de dolares. Debía mucha pasta por las apuestas de boxeo y si no reunía el dinero lo antes posible, se veía durmiendo el sueño eterno junto a los peces. Se subió el cuello de su abotonada gabardina, se caló la gorra y enfiló sus pasos hacia el club más famoso de la ciudad, el Green Mill. Al llegar allí, echó un vistazo hacia uno y otro lado y continuó sin ver a nadie por la calle. Maldijo su suerte en voz alta ; necesitaba localizar algún blanco fácil para darle el palo y acudir, acto seguido, a un speakeasy ( local ilegal donde se vendía alcohol ) para reunirse con uno de sus socios.

Al final de la calle había un oscuro callejón. Pensó que desde allí podría divisar si alguien salía del Green Mill ( con un poco de suerte con algunas copas de más ), sin ser descubierto. Dicho y hecho. Se apostó en el callejón y se dispusó a esperar el tiempo que hiciera falta. Una rata grande como una liebre correteó por sus botas y le pegó una violenta patada. Sacó una pequeña botella de jarabe para la tos ( que contenía whisky barato, del que raspaba la garganta ) del bolsillo izquierdo de la gabardina y se echó un buen trago para calmar los nervios y calentar un poco su atenazado cuerpo. Metió la mano derecha en el otro bolsillo y acarició el frío revolver; un colt de ocho cartuchos, frío y liviano. Se encendió un Camel sin boquilla con la única cerilla que le quedaba.

Los minutos pasaban sin ninguna novedad. Se estaba muriendo de frío y no paraba de maldecir su mala suerte. Cuando casi había arrojado la toalla, una pareja salió del club. Eran un hombre de mediana edad y una chica joven. Él iba muy trajeado, con un gran sombrero de copa y apestaba a dinero. Ella era una de esas flappers que tan de moda estaban. Tenía el pelo muy corto, en plan bob cut y teñido de rubio platino. LLevaba collares y pulseras de cuentas y fumaba un cigarrillo con una gran boquilla. Su vestido era largo, de color negro y parecía no tener nada de frío. Se reía con grandes y estridentes carcajadas y sus torpes movimientos delataban que, o bien iba borracha, o bien ciega de cocaína. Randy se relamió y se preparó para entrar en acción.

Cuando ya llevaban la mitad del camino hacia al callejón, Randy se fijó en una figura que apareció por una de las calles transversales. Se encontraba detrás de la pareja, a una distancia considerable. Era un hombre, ataviado con un oscuro traje, un largo sombrero y una especie de capa que sobrevolaba gracias a una ráfaga de viento que se había levantado de repente. Echó a andar y a Randy le extrañaron sus gráciles y firmes pasos. No era una forma muy normal de andar. Además, le pareció que sus pies no tocaban el suelo. Un sudor frío le recorrió la espalda, no le gustaba nada ese extaño tipo. Se fijó mejor y comprobó que parecía levitar por el aire. Con la boca abierta, se santiguó ( recuerdo de su paso por el orfanato ) y observó como, con una rapidez inhumana, se avalanzaba hacía la pareja, completamente absortos en su etílico mundo, agarró al hombre por la nuca y le rompió el cuello con un violento movimiento. Pudo escuchar el crujido de las vertebras quebrándose. La mujer se giró, sin saber qué demonios acababa de suceder, y el extraño le agarró de una muñeca, la atrajo hacia él, la agarró del pelo y echó hacia atrás su cabeza, dejando al descubierto su cuello. Randy creyó volverse loco cuando contempló los ojos de aquel hombre, o lo que quiera que fuese. Eran rojos, brillantes, como los de un animal. Abrió la boca y mostró unos afilados y demoníacos colmillos. Con brusquedad los clavó en el cuello de la desdichada muchacha. Desde su escondite en el callejón, Randy pudo escuchar con claridad los sorbos y chupetones que procedían de la boca de aquel ser procedente del averno. La chica agitaba su cuerpo, sin proferir lamento o grito alguno. Arrojó el cuerpo inerte de la mujer y se limpió la boca, cubierta de sangre, con la manga de su traje.

Randy, tembloroso y muerto de miedo, se había metido unos de sus puños en la boca para no chillar y no advertir de su presencia. El extraño se quedó mirando en su dirección y, tras unos angustiosos segundos, se dió la vuelta y echó a "andar". Cuando vió que desaparecía de su vista, Randy salió del callejón, buscó en la gabardina la botellita de jarabe (necesitaba un trago con urgencia )9181940-negro-de-ojos-rojos-de-gato-en-la-oscuridad-de-la-n.jpg y al acercarla a su boca, sus manos temblorosas hicieron que se le resbalara de los dedos. La botella cayó al suelo, rompiéndose en añicos. El sonido de cristales rotos retumbó en las calles vacías.

Paralizado por los acontecimientos, miró al frente y entre la fina lluvia, que caía sin parar, vió dos luces rojas al fondo de la calle, camufladas en la oscuridad. Sabía bien que no eran ninguna luz, tenía muy claro lo que realmente eran.

Rebuscó en la gabardina el revolver y cuando, por fin, consiguió sacarlo, supo que era demasiado tarde y que ya no iba a dormir junto a los peces y que sus años de andanzas habían terminado. Notó un dolor punzante en su cuello y se lamentó de que no le hubiera dado tiempo a echar un último trago.....

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Published by Guti - en Relatos
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Comentarios

Farmacias 06/27/2012 00:17

A veces tenemos que tener retos en esta vida, porque si no, es muy aburrida.

Raquel 02/05/2012 23:12

Me ha encantado. La forma en que describes todo te hace meterte de lleno en el papel de Randy. Eres una gran promesa. Te animo a seguir escribiendo porque yo seguiré leyendo. Un abrazo
artista!!!!!!!

Andres 02/05/2012 12:36

Muy bueno Rata,la presentación,el desarrollo y un desenlace inesperado,todo ello envuelto en una atmósfera misteriosa.10 puntos amigo mío.
Para cuando te venga bien....algo entre El secreto de la pirámide,Indiana Jones,y los Goonies seria genial,y como para conseguir grandes logros siempre tenemos que ir paso a paso me gustaría que
fuera en plan folletín quincenal,tu mismo yo te lanzo el reto y si lo ves bien pues adelante,sin mas un fuerte abrazo.
Fuerza y Honor.

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