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16 enero 2011 7 16 /01 /enero /2011 12:54

Cundo se despertó, lo primero que pensó es que no sabía donde se encontraba. Sentía todo el cuerpo agarrotado y dolorido. Era noche cerrada y una gran luna se contemplaba arriba en el cielo estrellado. Debía de haber dormido poco rato, una hora o algo así. Intentó incorporarse y le costó bastante. Estaba enquilosado y tenía mucho frío. Una ardilla curiosa que pasaba por allí se le quedo mirando fijamente y cuando vió que le devolvian la mirada echó a correr con gráciles saltos hacia el interior del monte. A sus pies tenía un pequeño hatillo en el que llevaba pocas cosas : un jersey muy gastado y deshilachado, unas pocas monedas, una botella mediada de vino, un trozo de pan, un cacho de queso y unas galletas rancias.

Frente a él y a una distancia prudencial se encontraban las vias del tren. Se había despertado justo a tiempo ya que escuchó un fuerte sonido acercándose. Era el tren.

Debía de coger ese tren de mercancias y tendría que cogerlo en marcha. No tenía otra posibilidad y no podía fallar. Envuelto en ropas oscuras ( compuestas por unos pantalones de carpintero negros, un abrigo azul oscuro y un gorro también negro ) y con la cara manchada por barro, lección aprendida de cuando era pequeño y acompañaba a su padre a cazar jabalíes, se armó de valor y esperó el momento oportuno

Los dientes le casteñeteaban, producto del frío y de los nervios a partes iguales, y las manos le temblaban. No había encontrado los guantes en su precipitada huida y tenía los dedos congelados.

El tren se fué acercando a su posición y se mantuvo alerta. En cuanto pasó frente a él,el vagón de los maquinistas, echó a correr protegido en las sombras de la noche. El tren estaba compuesto de unos 12 grandes vagones. Consiguió llegar sin mucho esfuerzo ( el tren no llevaba mucha velocidad ) al noveno vagón y se agarró a él con fuerza. 

No sin mucho esfuerzo y con alguna dificultad ( sufrió un par de resbalones debido a que la superficie del tren estaba resbaladiza y helada por el tremendo frío que asolaba la región aquel largo invierno ), consiguió encaramarse y colarse por un ventanal del vagón. Ya dentro miró a uno y a otro lado y solo vió un montón de cajas tapadas por grandes lonas y se escondió detrás una pila de ellas.

Con el pulso volviendo a la normalidad y ya recuperado el aliento,se sentó y recordo la frenética actividad de las últimas horas.

A mitad de tarde del día anterior ( solo habían pasado unas horas y le parecía que hubieran pasado días ) salía del taller de carpintero donde era aprendiz y se encontró con el maestro del pueblo. Le vió muy nervioso y preocupado. Era un hombre de mediana edad, delgado, con el pelo canoso y lucía un gran mostacho perfectamente arreglado. Le preguntó que le sucedía y le contó el motivo de su preocupación. Era la única persona del pueblo que tenía radio y hacía un rato había escuchado un boletín oficial en el que comunicaban que las fuerzas invasoras habían invadido los pueblos de alrededor y se dirigían hacia el suyo. No tardarían mucho en llegar. Le advirtió que debía irse de allí cuanto antes ya que compartían las mismas ideas políticas y él iba a hacer lo mismo. A los invasores no les gustaban esas ideas y había oido cosas horribles que les hacían a la gente que no comulgaba con ellos.

Con el miedo en el cuerpo corrió hacia su casa a recoger las pocas cosas que tenía en posesión. Era una casa pobre, sin luz ni baño. Preparó raudo y veloz el hatillo y se fue de allí sin echar un vistazo atrás a la casa que le había visto nacer y  donde vivía él solo desde la muerte de sus padres. Era hijo único y no tenía más familia que una vieja tía, hermana de su madre, solterona y medio chiflada. Pensó en ir a avisar a sus amigos desde la infancia, Piotr y Viktor, pero recordó horrorizado que ese mismo día se habían ido al pueblo colindante a por unas reses para el ganado de su patrón. Según el maestro, ese pueblo ya había sido invadido y un escalofrío recorrió su cuerpo pensando en el futuro de sus viejos camaradas.

Sin tiempo para derramar lágrimas por ellos ( pese a que su corazón sí que lloraba y lloraba torrentes de lágrimas ) pensó en el próximo paso que debía dar. Tenía que llegar a la frontera como fuera. El único problema es que se encontraba a una cuantas millas de allí y no tenía dinero suficiente para coger un transporte que le llevara.

Decidió que lo mejor que podía hacer era colarse en un tren de mercancias que sabía que pasaba de madrugada dos pueblos más allá. La oscuridad ya había caído sobre él cuando salió del pueblo y se encaminó hacia el monte. Pensó que, aunque le costara más llegar, no era muy aconsejable dejarse ver por la carretera. Además conocía esos montes como la palma de su mano. Los había recorrido muchas veces en la época que se dedicó a pastorear de niño. A pesar de ello, la noche era tan oscura que no se libró de un par de caídas y de unos cuantos arañazos y moratones provocados por los golpes y las prisas. Tras unas dos horas de caminata consiguió llegar al punto donde se había despertado un rato antes.

Acurrucado en el vagón, ideas contradictorias asaltaban su cabeza.

¿ Que haré cuando cruze la frontera ?

Si la consigo cruzar....

No tengo donde caerme muerto.

En el pueblo tenía todo lo que podía necesitar.

Por lo menos estaré a salvo.

Soy un cobarde, abandono todo por salvar mi cuello....

Es lo único que puedo hacer.

Podría quedarme y luchar....

Solo soy un aprendiz de carpintero, no sé nada sobre luchas y guerras...

Podría quedarme y ayudar a mi gente.....ayudar a Natalia

Pensar en Natalia hizo que el corazón le diera un vuelco. Llevaba enamorado de ella desde que era un tierno infante y la sola idea de no volver a ver su rizado pelo negro y sus brillantes ojos claros hizo que se le desgarraran las tripas.

Durante unos largos segundos tanteó la situación y maldiciendose en voz baja tomo una decisión. No podía irse. Debía regresar al pueblo y echar una mano. Su padre habría actuado igual en su situación. Sería valiente y haría lo que pudiera. Lucharía por su tierra, por su vida, por la libertad....por Natalia.

Sacó la cabeza a la noche helada y vió que circulaban por unos terrenos cubiertos de nieve. Salío por el ventanal, tiró el hatillo, contó hasta tres y saltó.Cayó rodando por la nieve y se lastimó el brazo izquierdo en la caída. Se levantó jurando y maldiciendo, recogió el hatillo y volvió la cabeza.

El tren que iba a salvar su vida y le iba a conducir a un futuro mejor (en teoría ) e incierto, se alejaba. No había vuelta de hoja, ya no podía echarse atrás. Se abrochó bien el abrigo, se caló el gorro, echó un trago de vino y tarareando una vieja canción y envuelto en la oscuridad de la noche se dirigió de nuevo a los montes para desandar sus pasos y regresar....

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Published by Guti - en Relatos
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